La perfección no existe. Es como una de esas verdades universales. Sin embargo, a ojos del enamorado su amante siempre lo es, tal vez sea porque saborear despacito las imperfecciones hace que esa persona resulte deliciosamente perfecta. Puede que el concepto no se resuma sino a saber encontrar la felicidad en las lacras de cada uno.
Antes, y me refiero a tiempos memorables en los que yo ansiaba serlo y luchaba en mi rutina por conseguirlo, no era feliz, sólo obtenía pequeñas satisfacciones con cada nuevo éxito escolar, laboral, familiar… Puede que el día en que decidí no seguir peleando por ello empecé a ser un poco más feliz. Pensaba que ser la mejor en todo me obsequiaba con esa seguridad que me permitía obtener aquello que me propusiera. Si conjugando todas las cualidades del mundo y condensándolas en mi persona hubiera sido capaz de abastecer todos mis deseos ahora sería probablemente desgraciada, porque, ilusa de mí, eso no sólo resulta del todo imposible sino que el peligroso camino para lograrlo hubiera acabado con mi persona y me hubiera hecho obsesiva. Es por eso que cuando hoy me piden que me defina, he decidido cambiar el antiguo epíteto de perfeccionista por el de complicada. Ser complejo o costoso de desenmarañar es mucho más divertido. Si alguien no entiende porque me gusta ir a Santa María a rezar o porque entre mis predilecciones musicales está Vivaldi ya no tengo que excusarme, porque ya no busco perfección. Soy como soy, y sin duda soy feliz.
A todos aquellos que me oigan balbucear que tengo connotaciones masculinas para ciertos temas, por favor no tener en cuenta, son resquicios de mi antigua personalidad, son sólo intentos de responder a mis faltas como mujer imperfecta. Porque es cierto, tengo que reconocerlo, debería ser más femenina, más sentimental, debería obsesionarme con mi cuerpo y mi imagen (véase leer menos y chupar horas y horas de supermodelo 2007), desterrar mis camisetas deportivas extragrandes al fondo del armario, ¿pero eso no sería intentar ser una chica perfecta? Ups! creo que entonces seguiré luciendo prendas masculinas y postergando el certamen de miss mundo para cuando pasen a llamarlo miss cultura general.
Antes, y me refiero a tiempos memorables en los que yo ansiaba serlo y luchaba en mi rutina por conseguirlo, no era feliz, sólo obtenía pequeñas satisfacciones con cada nuevo éxito escolar, laboral, familiar… Puede que el día en que decidí no seguir peleando por ello empecé a ser un poco más feliz. Pensaba que ser la mejor en todo me obsequiaba con esa seguridad que me permitía obtener aquello que me propusiera. Si conjugando todas las cualidades del mundo y condensándolas en mi persona hubiera sido capaz de abastecer todos mis deseos ahora sería probablemente desgraciada, porque, ilusa de mí, eso no sólo resulta del todo imposible sino que el peligroso camino para lograrlo hubiera acabado con mi persona y me hubiera hecho obsesiva. Es por eso que cuando hoy me piden que me defina, he decidido cambiar el antiguo epíteto de perfeccionista por el de complicada. Ser complejo o costoso de desenmarañar es mucho más divertido. Si alguien no entiende porque me gusta ir a Santa María a rezar o porque entre mis predilecciones musicales está Vivaldi ya no tengo que excusarme, porque ya no busco perfección. Soy como soy, y sin duda soy feliz.
A todos aquellos que me oigan balbucear que tengo connotaciones masculinas para ciertos temas, por favor no tener en cuenta, son resquicios de mi antigua personalidad, son sólo intentos de responder a mis faltas como mujer imperfecta. Porque es cierto, tengo que reconocerlo, debería ser más femenina, más sentimental, debería obsesionarme con mi cuerpo y mi imagen (véase leer menos y chupar horas y horas de supermodelo 2007), desterrar mis camisetas deportivas extragrandes al fondo del armario, ¿pero eso no sería intentar ser una chica perfecta? Ups! creo que entonces seguiré luciendo prendas masculinas y postergando el certamen de miss mundo para cuando pasen a llamarlo miss cultura general.
No hay comentarios:
Publicar un comentario